
El cancherito: Desparramado en su asiento, pone la cola lo más lejano al respaldar posible para así poder trabar las rodillas con el asiento de adelante y clavártela en el medio de la columna. Nunca le faltan los auriculares puestos, el mp3 y su celular en mano. Mira con aire despectivo, mastica chicle con la boca abierta y engancha el boleto/tarjeta en las ranuras de los asientos.
La forrita: Sentada en el asiento más cercano al pasillo, te obstruye el paso con el objetivo de que no te sientes a su lado. Cuando le pedís permiso para sentarte, te rebaja y se limita a –girando en su propio eje- a mover las piernas en dirección al pasillo. Al pedirle permiso nuevamente para salir, realiza el ritual nuevamente. No se levanta nunca de “su” asiento hasta que se va a bajar o hasta que ve que se desocupa uno individual. Es la resentida que no pudo conseguir asiento individual.
El negro de mierda: A este ya lo ataque hace unas semanas, pero como todo se recicla… Con mechas “rubio ceniza”, engominado a la gelatina sin sabor o con rulos a lo Daniel Agostini, llama la atención por su sutil vocabulario y reglas de convivencia. Con la ética olvidada en valla uno a saber donde, grita a todo par de tetas piropos como “con ese culo te invito a cagar a mi casa” o como –y más simple- “¡Verduuuuga!”
Tiene la ventaja de pasar sin pagar, escuchar cumbia a todo volumen durante todo el viaje y fumar, sin que nadie se atreva a decirle algo jamás.
La abuela forra: Antes de marcar boleto siempre tiene que sentarse y revisar su bolso en busca de las monedas, no la puede ya tener a mano. Después te mira con cara de inválida y te pide que le marques. En el caso de no encontrar lugar se te para siempre al lado del asiento que a vos tanto te costo conseguir y te mira fijo hasta que se lo des. Abusa de su edad, no da las gracias al recibir el asiento porque sostiene que es tu obligación.
El más vivo: Este espécimen se caracteriza por su capacidad para observar el contexto que lo rodea mejor que los demás. Siempre esta un paso adelante. Cuando esta al acecho de un asiento se para del lado de los dobles porque existen mayores probabilidades de que se desocupe uno, mira los uniformes de trabajo para saber si se bajan en X negocio, escucha las conversaciones ajenas y cuando sube una señora mayor, automáticamente se duerme.
El gordo: Este gran packaging de grasa bobina ocupa al menos un asiento y ¾ dejándote el espacio restante para que apoyes media nalga. Se pasa el viaje con la ventana abierta, bañado en transpiración, y en más de una oportunidad saca un sándwich de mortadela del bolso.
El que se duerme: Al sentarse en su asiento, cierra los ojos y no los abre hasta que el colectivero le avise que termino el recorrido. Por lo general, sus actos desencadenan en dos molestias: La primera, es una molestia visual, la de un individuo con la boca abierta y el hilo de baba a punto de caer. La segunda, representa el odioso acto de cerrarte el paso durmiéndose en el asiento del lado del pasillo, obligándolo a uno a despertarlo o en su defecto, a saltarlo por arriba. En el peor de los casos, el sujeto cae suavemente hasta apoyarse en tu hombro.
La mama con 14 hijos: Señora que al subir, medio colectivo se tiene que parar para dejarle los asientos. Lleva monstruos del demonio en lugar de bebes; terribles criaturas que lloran, gritan y defecan en todo el transcurso del viaje.
El chofer maleducado: Escuchando música, mirando a cualquier lado, salteándose paradas, parando en doble fila para bajarse a comprar cosas, encerrando a todos los autos y creyéndose Sandra Bullock en “máxima velocidad”, pone cara de enojado aunque en el fondo todos sabemos que disfruta de ser un bondiman.
El músico: Con su guitarra al hombro, camina por los pasillos chocando a la gente a su paso. Su instrumento ocupa un lugar más en el colectivo lo que lo convierte en una molestia para los demás.
El caluroso: Pleno invierno, 3 grados bajo cero al sol, remerita mangas cortas y ventana abierta. No nota las camperas de todos los demás, no siente frío, no comprende que el que esta sentado atrás ya se petrifico en su asiento hace unos 15 minutos.
El que hace los mandados: Por lo general se caracteriza por portar hojotas con medias, muchos pelos en las piernas, malla a cuadritos azules a mitad del fémur, camiseta para dormir blanca tirando a amarillenta, narigón y en camino a la calvicie. Lleva consigo entre 5 y 8 bolsas de supermercado, entre los productos se pueden apreciar muchas latas, unas hojas de clasificados y otras de las ofertas del mismo local. En más de una ocasión, el colectivo frena y las naranjas terminan dando a parar a la calle. Al igual que el músico, es un estorbo para los demás pasajeros.
El vendedor: Se lo conoce más bien por “el hincha de las tarjetitas”, poseedor de un mazo con figuritas de ositos, camina por el pasillo extendiendo la mano y recitando un versito que –creo yo- viene en la carta de instrucciones de este mazo. De lo contrario desconozco el motivo por el que todos dicen lo mismo. Se caracteriza por hablar gritando y todo de corrido, poniendo las comas y pausas en los lugares más raros, logrando que uno siempre se pregunte: “¿Por que joraca hablan todos así?”
El que apela a la lastima: Individuo que –entre tantas cosas que todavía no nos dijo- tiene SIDA, hemorroides, usa muletas y es ciego. A su esposa la tienen que operar de valla uno a saber que y además de tener 7 hijos viene otro en camino. Dice que no puede trabajar porque el Estado no se lo permite –aunque yo creo que Su estado no se lo permite- por lo que se ve obligado a pedir. Reparte unas tarjetitas con un mensaje de lastima que ya esta amarillento de tanto manoseo y que más de uno lo agarra con asco creyendo que se va a contagiar el SIDA.