No llegaba a la adolescencia cuando mi bisabuela murió, decían que era una persona muy jodona, es decir, que se la pasaba haciendo bromas. No me acuerdo mucho de ella, ni tampoco de su muerte; sin embargo, hace unos días lloré descontroladamente, y no precisamente por la tristeza que su ausencia me podría causar, sino por que mi mamá me contó lo que pasó aquel día.
La historia, basándome en lo que me contó, es la siguiente.
Calavera no chilla.
Mamá estudió fonoaudiología. Para ello, le pedían que consiguiera una calavera, de la cual podría hacerse tanto de algún alumno del último año, como de la morgue de la facultad, donde van a parar los N.N. Y utilizo el verbo “hacerse” del tipo pronominal, como quién adquiere algo y no como quién lo hace; no vayan a creer que ella era capaz de hacer de un alumno una calavera.
Y la consiguió. Mientras más noches Wilson la acompaño en su mesita de luz, más dedos le metió por la nariz y más veces gritó mi abuela por las sorpresas que se llevaba al encontrarla en diversas partes de la casa, más fue perdiendo la “cosita” que le da a uno éste tipo de cosas.
Al finalalizar la carrera, mi abuela la obligó a que la tirara, regalara o enterrara. O al menos que le pusiera una peluca digo yo.
Adiós Amada.
Varios años más tardes, ya con una familia formada, mamá pasó uno días en el PAMI, cuidando de su abuela, la mamá de su padre. Quien era, como yo la recuerdo, una persona rechonchita, petiza y arrugada. Una abuela que, y tal como lo decía su nombre, fue por su nieta siempre muy… amada.
La sala en donde se “hospedaba” mi bisabuela, era compartida entre 7 personas. Todo un lujo. Entre éstas, se encontraba una señora de importante tamaño que fue apodada “La húngara” -rebautizada así por su procedencia calculo yo. Ésta era una N.N., es decir, que no tenía familiar alguno que se hiciera cargo. La habían encontrado en la calle muy enferma y por eso termino ahí.
Amada llevaba 10 días de internada cuando la húngara empezó a temblar hasta quedarse inmóvil. Mamá corrió a avisarles a las enfermeras lo que había pasado:
-¡Eyy!, ¡alguien! Enfermera, ¡me parece que una señora falleció!
-No puede ser… -respondió ésta. Y fue a verificar como quién mira el aceite del auto.
Efectivamente, la húngara había empichado.
-¡Todos afuera, todos afuera! -chillaban las enfermeras…
-Vuelvo en un ratito abue… -susurró mamá.
Pasados unos minutos, alguien se asoma y la llama:
-Lo siento -Y las dos palabras retumbaron en su cabeza hasta encontrarse parada, junto a su abue, quien había fallecido.
De todos los días que mamá estuvo sentada junto a ella, Amada decidió irse justo en el momento en que su nieta se ausentó. Quizá para no vea el momento, para que la imagen no le quedara grabada; o tal vez para no molestar a las enfermeras quienes no aparentaban tener muchas ganas de volver a pasar por esa habitación nuevamente. Sea cuál sea el motivo, pasó.
Cuando la llamaron, nunca pensó que era por eso. “Tendré que atestiguar lo de la Húngara”-se le cruzó por la cabeza… “No, no creo…”
¡¿Dónde está mi abuela?!
Después de asegurarse de que la muñequera con los datos era correcta, mamá transmitió la mala noticia a los familiares. Entre llantos y amarguras, se aparece un doctor pidiendo a alguien para reconocer al difunto. Su tío, uno de sus tres hijos, lo sigue.
El tiempo voló y mamá se encontró a ella misma, acompañada de un señor, en la casa velatoria. Frente a ellos, el cajón.
De repente el mundo se vino abajo, la cara de mamá se transformó.
-¡Ésta no es mi abuela! ¡No es! -gritó-.
-Sí, si es, lo que pasa es que está maquillada y…
-¡QUE NO ES TE DIGO!, ¡ÉSTA NO ES MI ABUELA! -interrumpió desesperada-.
-Pero escucheme señorita…
-¡No!, escucheme usted a mí. Ésta señora es una que estaba a dos camillas de mi abuela y murió unos minutos antes, ¡se equivocaron!, ¡cómo se van a equivocar con esto! ¡Ésta señora era una N.N.! -Y fue ahí cuando se le congelo la cara. Se quedo petrificada.
¡La abuela!, ¡la deben estar mandando a la morgue de la facultad! -pensó. Y no supo que hacer.
Se vio sentada pensando para sus adentros, “¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo pasó?, ¡¿cómo les digo a los demás?!” Para el momento el señor ya se encontraba cuesta abajo, desesperado, empujando a la húngara en el cajón como ama de casa el changuito de supermercado ante una oferta en el sector de perfumería.
Unos minutos después llegan los familiares, quiénes se encontraban haciendo los papeleos, éstos, al no ver el cajón preguntaron: “¿Y la abuela?”. “En un rato la traen, la deben estar preparando” -mintió ella al momento que la llamaban desde la puerta.
-Llamamos a PAMI, tu abuela todavía está ahí. Ahora nos vamos a encargar de todo -Le confirmó el encargado del velorio.
Después de esto, mamá se tranquilizó un poco. Pero todavía se preguntaba en que momento ocurrió la confusión, y la respuesta se le apareció en frente de sus ojos. El tío…
-¡Tío, vení para acá!
-Si…
-¡¿Me podes explicar que pasó?m Se confundieron y trajeron a la húngara esa en vez de la abuela! ¿Vos no fuiste a reconocerla?
-Sí… pero… estaba tapada y… y… la reconocí por el pañal que se asomaba.
-¿¡Qué!? ¡Pero vos sos tarado, todas tienen pañal boludo!