Si no escribí nada estos días, es porque todavía no caigo. La verdad que no lo podíamos entender. Pero voy a intentar contarles paso a paso, tratando de no olvidarme de nada.
Todo comienza el quinto día en que estábamos en La Falda, el jueves 17. Nos íbamos a ir la mañana del día siguiente, pero como quisimos aprovechar un día más para poder disfrutar del banquete y la fiesta de disfraces que se realiza los viernes a la noche, decidimos quedarnos una noche más. Para esto, nos tenían que cambiar de habitación, pero si no llegaban a tener disponibles, tendríamos que salir a buscar algún hotel para pasar la noche. Mi viejo, con aire de superioridad, nos dijo: “Quédense tranquilos, yo voy a hablar con Diego”. Ahh mierda –pensé yo- y empecé a dudar si realmente mi viejo era un simple contador…
Este sujeto, quien termino siendo uno de los administradores, les dijo que se había desocupado una habitación, pero que tenia camas individuales; que si no nos importaba no dormir juntos. “No, no importa”, respondió.
Mi viejo me había pintado que de seguro no íbamos a conseguir nada, que “todo eso se maneja de Bs. As. y ya tienen todo ocupado” me decía. Por lo que cuando me trajo esta noticia, me puse contento por no tener que ir en busca de otro hotel.
El 18 a la mañana, con los pasajes ya cambiados, nos dispusimos a firmar unos documentos que atestiguaban nuestro ingreso a la habitación. Una vez realizado el papeleo, nos dan las tarjetas estilo Sacoa (que eran las llaves pero así como del futuro) y subimos a dejar los bolsos. “1321, en el 3º piso” nos dijo el recepcionista.
Sitúense, ascensor al medio, un ala de habitaciones hacia el frente, y otra, rodeando el ascensor, es decir, hacia atrás. Una vez abiertas las puertas, empezamos a buscar; nos encontramos con un cartel en la parte superior del pasillo que decía “Habitaciones del 1320 al 1301”. Es del otro lado, pensamos. Fuimos a ver y nos encontramos con el mismo cartel, indicando esta vez “Habitaciones del…” y números ni parecidos a los que esperábamos. “Puta, no existe la 1321, ¿no habrá dicho 1301?” Si, seguro.
Fuimos hasta ésta última habitación, puse la tarjeta con cautela y… luz roja. No era. “Che, mejor bajemos a preguntarle al flaco”
Cuando estábamos volviendo hacia el ascensor, vemos una puerta más ancha que las demás, una separada del resto, una con la inscripción “1321” en letras doradas.
“Ger, jodeme que es esa” me dijo, y me acerque tembloroso con la tarjeta en mano cual réferi debutante a punto de echar al 9 de Atlanta después de haberle cruzado un rodillazo en la nariz al 6 sin siquiera pegar un salto.
Cuando estoy a punto de echarlo, perdón, de abrir la puerta, siento que alguien desde adentro se acerca y abre. “¡perdón, perdón!, ¡no estábamos espiando se lo juro señor!” había pensado yo por si salía uno de esos gordos sindicalistas a molerme a palos; pero no, eran unas mucamas, que al mirarme con la tarjeta en alto, dijeron “ya esta lista señor, puede pasar” Y se fueron.
Aun sin entender nada, menos aun habiendo visto lo que era la entrada a esa habitación, y con la roja todavía en mano, me dispuse a pasarla por la ranura. Para mi asombro, luz verde.
Creo que lo primero que le dije a xime fue algo así como “dejemos los bolsos rápido antes de que se de cuenta de que hubo algún error”. La verdad que no lo podíamos creer, estuvimos rato largo sin entender nada, revisando cada centímetro de la Suite, mirando por la pared de vidrio que daba a todo el jardín; por un momento me sentí Dios. Yo creo que si sacudía el brazo fuerte apuntando hacia una de las minitas que estaba en la pileta, la podría haber echo bolsa con un rayo tranquilamente. Pero no había tiempo para pensar en los demás; estábamos nosotros dos, con toda el día por delante, y en una Suite. ¡Llamemos a servicio a la habitación! –Pensé- pero luego caí de que estaba ahí por motivos que aun no comprendía, y no justamente por la plata. Así que me limite a tirarme al somier a ver la tele.
Luego de haberle mostrado la habitación a mis viejos y hermanos, y haber bajado un poco a la tierra, mi viejo me contó que cuando hablo para que nos den la habitación, el tal Diego le dijo “se van a llevar una sorpresita…”
La conclusión que sacamos, fue la siguiente.
Diego se había comprometido a darnos una habitación, nosotros ya habíamos cambiado los pasajes y todo. Pero a último momento, seguro se ocupo la que nos había prometido, y no podía decirnos que no. Entonces, tuvo que recurrir a la Suite, esa habitación preparada especialmente para que los poderosos sindicalistas que están de paso, se alojen unos días. Habitaciones en donde el Living con su heladerita repleta de Whisky y botellas de Champagne, no daban otra señal que no sea la de “Brindemos por todos los que vamos a cagar”. Habitaciones obviamente, preparadas para negocios.
Pero todo esto no importaba, nada importaba más que por una noche, esa iba a ser nuestra habitación. Y así lo fue.
Si tienen ganas, acá pueden ver algunas fotos del viaje.